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El nacimiento de la paternidad

Autor: Katherine Keppeler

Nace un bebe y nacen los padres…
Suelen decir que nos transformamos en padre/madre cuando vemos ese Test positivo. Que la madre lleva en el vientre 9 meses al bebe para cultivar el amor y el sentimiento materno innato y que los hombres más sensibles se compenetran en esta espera con sus mujeres y logran una conexión especial también con la paternidad….
Es cierto que la espera es preciosa y genera muchísima ilusión, pero basándome en mi propia experiencia, me gusta creer que cuando nuestros hijos cumplen años, no solo es una celebración para ellos sino también para nosotros como padres. Porque en el momento del parto, cuando nuestra pequeña criatura da su primer llanto, justo ahí, nacemos nosotros también en este rol y nos volcamos a esta vertiginosa aventura de ser familia.
Él bebe, no entiende que paso… un día estaba cómodo en la barriga de su mama, a la temperatura perfecta, sin ruidos, sin conocer necesidad alguna. Y al momento, sin previo aviso, está totalmente desvalido, hambriento, rodeado de ruidos muy fuertes y su madre desaparece a ratos insoportablemente largos para él.
Así mismo nos sentimos los padres, en un momento estamos soñando con la llegada ideal de nuestro amado bebe, pensando en cómo serán sus ojos, a quien se parecerá más y haciendo planes a miles de años. De un segundo a otro, todo cambia, entramos en una locura increíble de cambiar pañales, de rezar para que se prenda del pecho de forma correcta, de sacar “chanchitos”. Nos metemos en el oscuro mundo de no descansar, de no poder ir al baño ni ducharnos como corresponde, no tener tiempo para comer y satisfacer nuestras necesidades básicas, porque estamos demasiado ocupados satisfaciendo las del recién llegado.
La madre sabe poco de lo que está haciendo, el padre no entiende cuál es su lugar dentro de toda esta locura y así pasamos los primeros días y semanas del nacimiento.
Cuando logramos superar las primeras semanas y seguimos aun todos vivos, entramos en un juego de auto exigencia increíble, donde no está permitido equivocarse, donde las palabras de los demás están enfocadas más en juzgar que en cooperar, donde muchas veces hay poca o nula ayuda…
¡En algún momento, y como por arte de magia, la rueda encuentra su carril y comenzamos a funcionar como familia, como nuevos padres. Empezamos a sentir orgullo por la titánica labor realizada, y debiéramos sentirlo! Porque no es menor lo que hicimos, trajimos al mundo una nueva vida, hemos sabido mantenerla y cuidarla, sin saber nada al respecto y sólo nosotros conocemos todos los cambios que hemos vivido asociados a este evento magistral.
Esos cambios que recién comienzan y que dan inicio a un camino lleno de locura, amor, sueños y más amor, proyectos, interminables ilusiones y miedos… si, muchos más de los que deberíamos sentir.
¡Por esto es que me gusta pensar que el cumpleaños de mi hija es también nuestros cumpleaños… nuestro nacimiento como padres… y lo celebramos siempre como nos lo merecemos!

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